Skip to content

¿Es una enfermedad la fobia social?

Hay que tener presente que la fobia social es una entidad diagnóstica, o sea, una etiqueta en la que los profesionales incluyen conductas que se caracterizan por la evitación de situaciones sociales. La vida y la humanidad es más compleja. Así, por ejemplo, junto a la fobia social aparece muy a menudo la depresión, frecuentemente ataques de pánico o crisis de angustia, y a veces el trastorno obsesivo compulsivo. Esta complejidad se debe a que de lo que estamos hablando es de conductas y no de enfermedades. Por ejemplo, una tuberculosis se diagnostica, primero en base a determinados síntomas, tos con emisión de sangre, cierta fiebre, cavernas en los pulmones, etcétera, que son debidos a una causa externa, la presencia del bacilo de Koch. En la fobia social no hay un agente externo que la produzca. Cuando un médico diagnostica enfermedades debidas al mal funcionamiento de algún órgano, se basa igualmente en síntomas externos que son manifestaciones de los problemas en ese órgano. Por ejemplo, si tuviéramos mal el corazón lo notaríamos en que nos cansamos al mínimo esfuerzo, nos ponemos morados, etc etc. En el caso de la fobia social tampoco es así. Los que leen el diagnóstico y se sienten identificados piensan que les falla su autoestima, o que los neurotransmisores los tiene desequilibrados. Pero la autoestima no es un ente con existencia independiente de nuestra conducta, y los neurotransmisores están al servicio de nuestra conducta y también se desequilibran debido a como nos comportamos. En los trastornos de ansiedad, pues, son nuestras propias conductas, nuestras evitaciones, las que mantienen el problema, independientemente de su origen.

Hay que diferenciar entre lo que llamamos fobia social y lo que llamamos timidez. La diferencia desde el punto de vista clínico está en el impacto que tiene en la vida de la persona, por eso hablamos de fobia social cuando la vida personal o laboral está gravemente afectada. Pero la diferencia fundamental reside en que el tímido acude a las situaciones en las que está incómodo, con mucho miedo, pero acude. Y, cuando lo hace sistemáticamente, finalmente se le aplica la ley universal de la habituación y las situaciones se le hacen más soportables. Mientras que el que decimos que tiene fobia social suele evitar esas situaciones de manera sistemática o si acude se preocupa más de intentar estar tranquilo y controlar su ansiedad que de atender, participar o hacer lo que tiene que hacer en esa situación.

El tratamiento psicológico se basa en la ley de la habituación. Los hombres somos la especie que mejor se habitúa a cualquier ambiente o situación, por ejemplo, si nos damos golpes sistemáticamente en el canto de la mano, finalmente se hará callo, nos habituaremos a ello y seremos buenos karatekas y los golpes dejarán de dolernos. De la misma manera, si se enseña a la persona a comportarse en las situaciones temidas y después a dejar de evitarlas y poner en práctica lo aprendido de forma reiterada, se habitúa, hace callo y su ansiedad se reduce a niveles normales.

La fobia social y nuestro puesto de trabajo

Si nos ponemos nerviosos con cada reunión, nos tiembla la voz y nos sonrojamos, probablemente sufrimos una fobia social. Existen distintos niveles, pero los fóbicos más graves pueden necesitar la ayuda de un experto.

Para algunos, la fobia significa enfrentarse a sus miedos todos los días en la oficina. ¿Qué van a pensar los compañeros? ¿Cómo evitar la fobia pero conservar el empleo? No todas las fobias son tan específicas como se piensa.

Obviamente, si sufrimos de vértigo, trabajar en el piso veinticinco de un rascacielos no va a ser tarea sencilla. Y si somos claustrofóbicos, probablemente tengamos que dejar el ascensor y subir por las escaleras. Pero una fobia puede responder a cualquier objeto o situación, y algunas de ellas son complejas y difíciles de definir.

La mayoría de las fobias de oficina tienden a tener algo en común: el miedo a lo que otra gente piensa de nosotros. Y, de lejos, la fobia más común en el trabajo es la fobia social ya que resulta del todo imposible trabajar en una oficina y no interactuar con la gente. Si sufrimos una fobia social, probablemente se manifieste en el trabajo. Pero, ¿una fobia social implica esconderse en la esquina y tener miedo de hablar con los otros?

Una fobia social puede manifestarse de muchas maneras distintas. Puede provocar sonrojamiento intenso, no querer almorzar frente a los compañeros o evitar reuniones después del trabajo. Puedes odiar hablar en público o en una reunión.

Probablemente mucha gente sienta un nudo en el estómago ante la posibilidad de hablar en público, pero, ¿cuándo se convierte en una fobia?

Es perfectamente normal tener miedos pero la forma en que los manejamos es la que define si se trata de una fobia o no. Si se tiene miedo de hacer presentaciones pero las hacemos igual, entonces nuestro miedo no es una fobia. Si las evitamoss y, por ejemplo, llamamos para decir que estamos enfermo, entonces el miedo puede haber escalado hasta una fobia.

Para alguna gente, una fobia social puede resultar en la necesidad de dejar el trabajo. Un jefe comprensivo puede significar una diferencia considerable, pero el tema de las enfermedades mentales continúa siendo un tabú en el trabajo, por lo que la forma de pensar parece ser la diferencia entre una persona con miedos y una persona fóbica. Pensar positivamente es la clave. Si te parece que vas a quedar como un estúpido en una reunión, entonces te estás preparando para fracasar. Pero si pensar positivamente no te ayuda, entonces consulta con un médico.

Recomendable será entonces comenzar a ir a un grupo de autoayuda y reunirnos con otros fóbicos. Nos daremos cuenta entonces de que mucha gente sufre de fobias y de que no se es tan raro después de todo. Si sufrimos una fobia en el trabajo, debemos saber y recordar de que no estamos solos. Y que más que probablemente haya otra persona en nuestra oficina que sufra, cuando menos, parecido a uno.

La actitud de un fóbico social ante su trastorno de ansiedad

En el trastorno de ansiedad social o fobia social, el miedo del paciente está esencialmente centrado en el terror que pueda experimentar durante un acto en donde se sienta humillado o abochornado ante los demás.

Los fóbicos sociales evitan diversidad de situaciones donde podrían estar expuestos a interactuar con otras personas. Estas situaciones son muy variadas y muy subjetivas. Las más reconocidas son el temor a hablar, comer o escribir en público, asistir a reuniones o fiestas, acudir a entrevistas y utilizar sanitarios públicos. También, existe el miedo a que la gente los señale y los pueda ridiculizar en situaciones sociales.

Es generalizada si el miedo social comprende la mayoría de situaciones sociales, y suele ser más grave e incapacitante, e implica una edad de inicio inferior a las de las fobias sociales limitadas; generalmente, estos pacientes pueden permanecer solteros y sienten más miedos en las interacciones sociales y suelen padecer enfermedades depresivas atípicas y tener comorbilidad con el alcoholismo.

La ansiedad que se genera está ligada al estímulo; si el paciente es sorprendido por la situación fóbica sufre una importante ansiedad que se asocia con muchos síntomas físicos. Dentro de estos aparecen la sudoración, la ruborización y la sequedad de boca diferenciándose muchas veces de los síntomas que aparecen en las crisis de angustia como son las palpitaciones y el dolor o la opresión precordial. La ruborización es uno de los síntomas somáticos más característicos; entre los cognitivos principalmente aparecen la tendencia a autoobservarse, la autoapreciación negativa en su desenvolvimiento social, la dificultad para captar los aspectos no verbales de la propia conducta, la poca valoración de la competencia social en interacciones positivas y un sesgo positivo hacia la valoración de la competencia social de los demás.

Aprender a decir “no” para un fóbico social

La vida en sociedad conlleva desde el inicio de los tiempos la acción de comunicarse con los otros. Hacerlo con precisión y empatía es un proceso complejo que implica una serie de habilidades aprendidas y talentos innatos (dominio del lenguaje, la adecuada gestión de las emociones, o incluso el encanto personal). Algunas personas encuentran problemas a la hora de pedir favores o de decir “no” a algo, puesto que les supone un esfuerzo o simplemente tratan de ser comprensivos y amables.

Una de las primeras actitudes que aprenden los bebés es la de negarse y rebelarse ante sus padres. Es su mejor forma de afirmarse y de defenderse ante la sensación de invasión que perciben de su entorno. A medida que vamos creciendo y vamos adquiriendo responsabilidades, decir no resulta más difícil. Empezamos a plantearnos cuestiones como “caer bien a los otros”, o “evitar problemas”. Si la tendencia se consolida en exceso, acabará convirtiéndose en un hábito. Si no manifestamos nuestro desacuerdo en cuestiones importantes, anteponemos las necesidades, opiniones o deseos de los demás a los nuestros. Esto puede causarnos, problemas de autoestima, y puede trasmitir una imagen de personas con poco criterio.

El miedo a decir que no a algo se asocia a varios factores; por un lado el temor a no estar a la altura, a no saber argumentar la negativa o por simple pereza y comodidad. Se trata, en definitiva, del miedo a no ser valorados y queridos. Esa dependencia va minando nuestra autoestima e imposibilita el libre ejercicio de la responsabilidad que propicia unas saludables y equilibradas relaciones de interdependencia con los demás, en las que decimos “sí” cuando lo consideramos adecuado y en las que mantenemos vigente la posibilidad a decir “no”.

El “no” puede resultar demasiado tajante y por ello, a veces es conveniente decir “si”. Es un sí para ofrecer alternativas, exponiendo y defendiendo nuestros argumentos con convicción y firmeza pero eso sí, sin herir ni menospreciar a nadie. Y esto solamente es posible si previamente sabemos decir “no” sin sentirnos culpables por ello.

Cuando queremos decir “no” y, sin embargo, decimos “sí”, estamos devaluando nuestro “sí”, ya que, de puro rutinario, lo hemos despojado de su verdadero valor. Al devaluar nuestro “si”, inevitablemente devaluamos nuestros pensamientos, y nuestra personalidad.

La solución reside principalmente en encontrar un equilibrio que nos permita ser tolerantes y comprensivos, pero siempre habilitando un espacio para expresar nuestros matices o discrepancias.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

A %d blogueros les gusta esto: